Jesús Cuevas: nostalgia de otro mundo
- Jorge Pech Casanova
- 10 abr 2017
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Jesús Cuevas: nostalgia de otro mundo
La pintura de Jesús Cuevas apela en primer término a las facultades sensibles de quien comparece ante sus obras. Sus escenas apacibles, de diafanidad que se despliega en su estricta síntesis de elementos compositivos, convoca al espectador al abandono de las urgencias, las premuras, las perturbaciones de la rutina alienante para entrar en un ámbito de serenidad, de diálogo con la naturaleza por intermedio de sus creaturas.
Hay otros mundos en este que habitamos, parece reiterarnos la pintura de Jesús Cuevas con su luminosidad preponderante. Ya sea en paisajes marinos o en escenas de la más humilde recreación terrenal, su iconografía busca inundarnos de esa nostalgia por un mundo sin sobresaltos que define desde sus inicios la vocación estética de este joven pintor.
La ingenuidad que proclaman los motivos en esta serie de pinturas, sin embargo, no es sinónimo de técnica incipiente o inexperiencia en la factura. Desde sus efigies de pájaros, pasando por sus recreaciones de ballenas, el artífice ha depurado sus recursos colorísticos hasta un interesante manejo de tonos sobrios, con calidez preponderante, cuya fantasía desdice cualquier pretensión fotográfica en este figurativismo que aspira al simbolismo.
Ahora Jesús Cuevas se concentra en homenajear a diferentes canes, los cuales son acaso una sola abstracción corporeizada del concepto “perro”. Desde luego, la materialidad del animal doméstico es indiscutible en las piezas que componen esta exposición, pero lo es asimismo la espiritualidad que el artista infunde a las y los protagonistas de sus lienzos.
Otro motivo predominante son las paseantes bajo la lluvia y las mujeres sentadas en medio de una atmósfera brumosa. Quizá en los cuadros de esta temática resalta de manera preferente la capacidad de Jesús Cuevas para instalar al observador en un ámbito intrigante, cargado de historias para cuya resolución es necesario interrogar a las figuras que protegen su enigma bajo el sencillo pero eficaz paraguas o el respaldo de sus sillones y sillas. Esos instrumentos las protegen de la lluvia, de la fatiga, pero sobre todo de la curiosidad de quienes son atraídos por la misteriosa presencia de estas mujeres que la mirada del pintor refleja con un eficaz juego de trazos, contrastes y difuminados.
Finalmente, resulta insoslayable dedicar un comentario a la técnica con que Jesús Cuevas realiza estas obras. Apartado de los usos habituales en los pintores que se regodean con bases de tierras sobre las cuales hacen correr pinceles empapados en óleo, el retratista de mujeres enigmáticas y perros sosegados emplea las manos directamente impregnadas con pintura acrílica para modelar sus figuras. Esta manera de configurar sus cuadros les da un toque distintivo, pues si bien no es una manera exclusiva suya, sí se aleja de los modelos bien conocidos de otros artistas en Oaxaca que, sustituyendo el pincel por las manos o por espátulas, recrean ambientes desapacibles, cargados de angustia o agobio, cuyo valor plástico y estético está dado precisamente por sus análisis de una realidad perturbadora. Jesús Cuevas, por su parte, privilegia en su iconografía momentos de ecuanimidad, de conexión con una poética de la concordia.
