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PRESENCIA RESONANTE


Presencia resonante

No me gustaba nada, y por eso encontré el vacío, el vacío profundo, la profundidad del azul.

Yves Klein

No vemos el mar como es, sino como lo sentimos, como resuena en nosotros, postularon los impresionistas. El mar es misterio que se agita por liberar el cambio interminable. Jesús Cuevas da espacio a este cambio, al blanco, al rojo, al azul, que frente a nuestros ojos, serán las emociones del instante, o las que nos han fermentado hasta llegar a nuestro ahora. Es posible que coincidamos con el creador, y este mar nos traiga nostalgia, la calma en el azul, la energía tranquila y fluida que resonaba en sus manos que creaban. O tal vez, al ver su obra, encontremos el sueño del imposible que persiguió Monet, y no veamos el océano, sino su atmósfera, la belleza del ambiente que esconde entre trazos.

En la tradición de los impresionistas, el arte debe valer por sí mismo, más allá de ideas morales, históricas, mitológicas o literarias: la pintura no es una forma de representar la realidad, sino una forma de ver la realidad siempre cambiante. Jesús Cuevas sigue los pasos de esta tradición. Renuncia a las referencias geográficas o históricas; su mar es el de cualquier océano. Se vale de elementos de la realidad a su alcance, los que mejor materialicen sus sensaciones y apetito creativo: el punto de partida no es la realidad. En “Presencia Resonante”, las ballenas y las orcas son un pretexto para profundizar en el movimiento del mar. Aquí, sin simbolismos que en otras obras de arte guardan estos cetáceos, el fondo de misterios y lejanías infinitas del océano encuentra formas inacabables en los movimientos espontáneos de estos seres. Este océano desembocó de los trazos de las manos de Cuevas, -de sus manos, no de un pincel-; sus manos desembocaron sensaciones, resonancias únicas e innombrables.

El azul de estos lienzos parece retroceder ante nosotros, y al mismo tiempo nos atrae. A través de la historia, este color ha representado inmaterialidad, es el color del viajero sin destino, es una nada encantadora donde cabe cualquier símbolo, cualquier sensación. Jesús nos abre la puerta a este abismo que nos atrae y aleja, al azul que los budistas llaman el espacio vacío, que brinda paz y tranquilidad, o al azul atormentado que Picasso llamó soledad y melancolía. En cualquier caso, nosotros, espectadores viajeros sin destino de “Presencia resonante”, nos encontramos un mar que se reinventa, que nos reinventa.

María Elena Rodríguez Ramírez


 
 
 

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