"Días de Luz"
- Carolina F. Gongora
- 29 sept 2015
- 2 Min. de lectura
Trabajo y dedicación latente y constante, forja la mano de Jesús Cuevas que da color a la grandeza con la humildad de la inocencia. La personalidad cultural de sus cuadros proyectan la amplitud de sus sueños, con todas las gamas anímicas, unas veces de prolífica fantasía, otras de subyugante realidad.
Hoy su inspiración plástica lo conduce a develarnos su trabajo reciente con; “Vuelos de Medio Día”, “En la Soledad”, “Sueños rotos”, “Días de Mayo”, “Atrapados” y “Atardeceres”; algunas de las obras que conforman ésta exposición, donde maneja y representa la delicada presencia femenina en libertad y alegría, provocando el movimiento de emociones deslizadas entre nebulosas figuras caninas pueriles de fidelidad incondicional, trayéndonos entre sus dulces y azuladas pinceladas al compañero fiel el más expresivo, representativo deleitable de todos los estados del ser; criatura esencial de la naturaleza y su humanidad.
Tirarse en el césped de la creatividad mirando las formas en el cielo interior, donde se encuentran los recónditos misterios del género humano , en la individualidad de cada cual. Formas que nacen en sutil espontaneidad congeniando el ánimo de días grises o días soleados. Ese intangible espíritu del universo que tanto transmite una sensibilidad inadvertida, presente en cada espectador, dispuesto a deleitarse con el arte de su autor.
Engarzándose a las líneas sin anécdotas, sin historia, sin cronologías. Descubriendo más formas, como cuando se juega a encontrar la magia y la esencia de la vida. Una provocación a viajar intemporalmente en las contradicciones del existir; emotivo o mustio, pincel ocasional que afina los tormentos y las tempestades caprichosas del ser. Jaulas de reprimidas inquietudes o plenas expresiones, donde un vuelo de ave es la guía al reencuentro consigo mismo. Seres atrapados por otros seres, imitados, observados, sigilosos o revoltosos. Dualidades intemporales, misteriosas, largas como cabelleras de mujer, que escapan con el viento, montando ingrávido vehículo estelar, para hacer de sus caprichos poemas de azul, rojo y amarillo, fusionados excepcionalmente entre altas y bajas mareas.
DÍAS DE LUZ; es pues, un laberinto donde no encontrar la salida se convierte en el gran pretexto para caminar de una escena a otra, hasta desenvolver las percepciones que atraen, atrapan, enamoran y se gozan. Quizás un recorrido onírico ulterior con la única misión de escapar a la aterradora desolación de estarse ausente entre tanta vida enajenada, sintiéndose el melancólico ser sin identidad ni pertenencia. Gratitud inconsciente hacia cada individuo auto-identificado tras los ojos cristalinos del noble acompañante agradecido, más allá del torbellino del agobio cotidiano. Estética vibrante, dulce conexión entre el autor y el cautivo visitante.
